viernes, 1 de octubre de 2010

La niña con la que viví I

Se llamaba María Angélica... digo se llamaba porque ahora se cambió el nombre. Cuando yo llegué a la casa ella tenía 16, yo tenía 18. Ella estaba en 11º grado cuando la conocí, yo acababa de entrar a la U. No tenía muchos amigos y ella tenía computador en la casa. Me hice su amiga básicamente para poder usar su pc sin incomodarla... que no se sintiera obligada a prestármelo, sino más bien a gusto haciéndolo. Siempre escuchaba Keane, banda cuya discografía copié a mi mp3 y que luego oiría los días soleados en el pasto rebelde aledaño a la aplacada cancha de fútbol de la universidad. En aquellos días me echaba sobre la espalda mirando las nubes pasar mientras escuchaba enamorada canciones como "My eyes" de Travis y "somewhere only we know" de Keane a la vez que hacía como que oía al primer "amigo" que tuve en la universidad, cuyo nombre no recuerdo y de quién quizás escriba algún día, hablar de su novia que tanto extrañaba y por quien se devolvería luego a Cúcuta.

Pero volviendo a María Angélica, cuando la conocí era una niña, una adolescente punk que gustaba de ir a marchas contra la policía y gritar consignas groseras contra las madres de los uniformados. Usaba tennis converses de cuadritos y tenía un mechón morado en la cabeza. Se pintaba las uñas de negro y todos los días utilizaba jeanes, bueno, un jean entubado, siempre el mismo, cuya moda yo copiaría después y que seguiría usando tres años después.
A pesar de su aparente rebeldía, nunca había probado droga alguna, sólo fumaba cigarrillo compulsivamente a escondidas de su mamá quién también lo hacía a escondidas de su hija.
Yo por mi parte, llegué con ese carisma, don magnífico que siempre he tenido, para caerle bien a la gente a pesar de mí misma. Entré por al puerta ancha. La señora de la casa, la mamá de María Angélica, me confiaba tanto como su hija, quién por otro lado lo hacía durante las escapadas a fumar. Yo, como siempre discreta, guardaba con cuidado la información que recibía de ambos lados y movía hilos invisibles para mantener la armonía en la casa de la cual también dependía mi paz interior.

Con el tiempo, yo fui cambiando y conmigo, cambió María Angélica. Como siempre he sido "la menor" en todo lado, no estoy acostumbrada ser objeto de admiración de nadie. Sin embargo, cuando llegué a mi nueva casa, María Angélica vio en mí una hermana mayor y yo vi en ella una amiga igual. Después de mis noches locas y erráticas de primer semestre, le contaba al día siguiente entre gafas oscuras y mucha agua mis experiencias borrosas, sin saber que estaba despertando en ella la curiosidad adolescente por la drogas. Siempre he creído que la gente que conozco que no consume drogas lo hace por convicción, sin embargo hay una cierta edad en la cual las convicciones se someten a las curiosidades e inseguridades y en esa edad estaba María Angélica.

Un día llegó a mi habitación a las 11 de la noche a decirme que había probado la marihuana por influencia mía y que estaba muy turra. En ese momento no entendí muy bien que quería decir "por influencia mía", pero luego, como dos meses después mientras le contaba otra burrada que había hecho me dijo "No quiero saber más, siempre que me dices que pruebas una droga nueva a mí me dan ganas de probarla".

Y digo que mi carisma me sirve para caerle bien a la gente a pesar de mí misma, porque no sólo influí en el consumo de ganja de María Angélica, también empecé un movimiento marihuanero en la casa a la cual recién había llegado cual jíbaro experimentado haciendo amigos mediante pequeños regalitos (porros) que daba a aquellos cuya mirada me revelaba un gusto particular por los psicoactivos... y a pesar de eso, y de presentarle a María Angélica el primer hombre que rompería su corazón, experiencia que luego la haría desconfiar del amor y volverse lo que popularmente se conoce como una "fufa", su mamá nunca me echó de la casa. Antes me atendía mejor, me servía más comida y era considerada conmigo.

Nunca me he considerado particularmente manipuladora, por lo menos no concientemente. Hago las cosas de una manera absolutamente espontanea, sin embargo viendo atrás, parece cierto aquello que dice que los hijos menores tienen doblemente desarrollada la habilidad para manejar a la gente a su antojo. Desde que tengo 6 años no lloro para conseguir nada, ni siquiera un trato preferencial en urgencias cuando me he fracturado o estado al borde del desmayo, creo en la potencia de los argumentos para convencer a la gente de que mis razones son las mejores, pero muchas veces ni siquiera tengo razones y aún así las termino convenciendo de asociaciones que ni a mí me convienen.

Durante mi último año en la casa, la culpa me pesó... María Angélica no era ni sombra de la niña que era cuando la conocí. Recuerdo que un día me dijo que se había aburrido de ser ella, quería ser tan frenética como yo... Pero ser frenético no es bueno. Llevo 21 años intentando reducir la velocidad de mi pensamiento y mis acciones y aún no voy lo suficientemente lento. Es cierto que soy candela, pero la candela quema todo, hasta lo que quiere conservar. Ella no veía eso...
En el último año se escapó de la casa unas 4 veces. Su mamá venía a mi habitación llorando preguntándome por su hija mientras preguntaba a Dios "¿Por qué? ¿por qué?"... La respuesta la tenía en frente, literalmente.
En algún momento me sentí culpable, pero ella había decidido acostarse con el hombre que yo quería desde hace algún tiempo, no iba, por lo tanto, a acercarme a ella a decirle nada. Después de mi época de locura frenética pasé por un infierno que me costó más de un amigo, un amor y casi mi carrera. Yo sabía que lo que seguía a su desorden era el mismo vacío horroroso que me "llenó" durante casi dos años, pero mi orgullo estaba ahí para decirme que era necesario dejarla sufrir, así como lo hice yo, así como aprendí yo.

En algún momento me perdonaría por eso. Me daría cuenta que más que ego, es que no puedo cargar con las culpas ajenas. En algún momento de mi adolescencia tomé algunas decisiones erradas, otras catastróficas, no puedo culpar absolutamente a nadie por mis errores y de igual manera no me puedo culpar a mí por los errores de otros. Ya es bastante grande el lastre que cargo para agrandarlo voluntariamente. Pensé "María Angélica aprenderá" y así fue.

Hoy Martina, como se llama, es diferente, ya no usa jeanes entubados, ni sale a marchas punks, usa faldas largas y le encanta andar con hippies desarreglados. En algún momento intentó vestirse como yo, pero eso, requiere MUCHA práctica, le costaba trabajo combinar los colores y no se veía muy bien, sin embargo, con las faldas largas se ve mejor. Un día me senté a hablar con ella. Le hablé de un nuevo amor, un chico tranquilo que hablaba despacio y al que no le gustaban las peleas, algo demasiado tranquilo para ella que quería ser candela. Le conté también mis razones para haber dejado la ganja y el cigarillo y ella me contó por su parte que ahora estaba en un viaje espiritual diferente, buscando paz. Entonces entendí que ya había pasado, el cielo, el infierno, todo y que finalmente había aprendido la lección. Yo, ya no sentí culpa de nada.

2 comentarios:

astrojuanda dijo...

Oye Candela... eres una fuerza desequilibrante en el universo.

In-prudencia dijo...

Sí, soy una joyita.